¡Nos sentimos como en casa!

Esta es la mejor expresión que se nos viene a la cabeza para resumir estas 3 semanas de voluntariado que se presentaba como diferente por el hecho de vivir con familias.

En estos días nosotros hemos hablado mucho sobre el sentimiento de acogida que sentimos desde que llegamos a Atlantis. Las inseguridades al salir de España o el miedo a no poder integrarnos en la vida de las familias y comunidad han desaparecido completamente.

Anna, que es la “madre sudafricana” de Rubén, es una mujer jubilada que se preocupa mucho por su familia y colabora activamente en las actividades de la parroquia. Siempre muestra mucho interés por nuestro país, por lo que estamos haciendo aquí en el crèche o en el colegio, por nuestra gastronomía,… Por otro lado, resulta muy interesante escucharla hablar de la historia de Sudáfrica o las dificultades y peligros que existen en Atlantis, aunque dice que con el apoyo de los vecinos se llevan mejor. Siempre está disponible y, como ella dice, sintiéndose un poco más feliz si puede ayudar a los demás.

Los Wasserfall, con los que Silvia vive, son una familia muy unida. Carol es la directora del créche (jardín de infancia) al que vamos por las mañanas, siempre atenta a todo lo que pasa en él, y Aubrey, su marido que está jubilado, se encarga de varias tareas de la parroquia, como repartir el periódico dominical, ayudar antes, durante y después de misa en la iglesia,… En la casa también viven su hija con el marido y los dos hijos. Casi siempre están de broma, aunque es agradable compartir cenas y hablar sobre las diferencias o similitudes entre ambos países, el suyo y el nuestro. Carol, sobre todo, siente mucha curiosidad por cómo es la educación en España, pero las mañanas en el crèche con ella dan para hablar de muchas cosas.

Aunque estamos cada uno en una casa diferente, ambas familias procuran invitarnos de vez en cuando a cenar juntos con ellos. Esta es otra forma de conocer al otro voluntario y compartir tiempo con nosotros.

Nos hacen sentir muy bien, como si fuéramos ya uno más. Los ratos en la cocina preparando una cena o de sobremesa son de lo mejor. Nos han abierto su hogar y ya han dejado una huella en nuestro  corazón difícil de borrar.

Tampoco podemos dejar pasar la oportunidad de decir que esta experiencia de CTM que estamos disfrutando no sería posible sin la comunidad marista internacional Lavalla200 que se encuentra trabajando en Atlantis desde hace año y medio. Lo más bonito de esta iniciativa es como un proyecto ha unido a 6 personas, hermanos y laicos, con realidades y características diferentes para desarrollar o colaborar en diversas actividades. Desde el primer minuto se han mostrado muy cercanos y atentos con nosotros, han intentado hacer de nuestra estancia aquí algo inolvidable. Sin Nnodu, Tony, Pietro, Diogo, Juliana y María esto no hubiera sido lo mismo. Aunque no vivimos con ellos, tenemos las puertas de su casa abiertas en todo momento. Se preocupan por recogernos y llevarnos a los sitios, nos han invitado en varias ocasiones a cenar en la comunidad y se molestan por enseñarnos cosas del país para que no se quede solo en la experiencia en Atlantis, si no que veamos lo que Sudáfrica puede ofrecer, su riqueza cultural y natural. Gracias a ellos hemos visitado Cape Town, donde también nos acercamos a conocer la comunidad de hermanos del St. Joseph’s Marist College en Rondebosch, hemos subido a la cima de Table Mountain (hay que estar bien preparado para ello, es una subida dura y luego hay que bajar, nosotros lo hicimos andando ya que el teleférico estaba cerrado) o el jardín botánico “Kirstenbosch”.

Por todo ello insistimos en la palabra “GRACIAS”. Como decía Mandela: “La honradez, la sinceridad, la humildad, la generosidad sin esperar nada a cambio, la falta de vanidad, la buena disposición para ayudar al prójimo (cualidades muy al alcance de todo ser) son la base de la vida espiritual de una persona”.

 

Silvia y Rubén

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