El misterio de la luz

06:00  Amanecemos en Chibulama. Una luz tenue proviene de la capilla de la comunidad en forma de cánticos ancestrales que nos conectan con las raíces de esta tierra, no importa lo desconocido del lenguaje (“ici bemba”, la lengua local de esta región de Zambia). Las voces nos transportan a un lugar común, a lo profundo, allá donde reside la verdad. Con esta energía comenzamos la mañana…

08:00  Partimos de la comunidad rumbo a la escuela. Cuarenta minutos en los que la luz se encuentra en la gente que nos cruzamos a lo largo de los caminos: niños que nos acompañan y nos toman de la mano, trabajadores que llevan su derecha al corazón para saludarnos, algunos –incluso- se dan unas palmadas afectuosas sobre él, como símbolo de bienvenida. Todos ellos dirigen su mirada hacia nosotros con gesto amable…

09:00  Llegamos a Twuayuka. El brillo aparece en las sabias reflexiones con que Mrs. Mulenga (directora de la escuela) nos recibe cada mañana. Hablamos acerca de la educación, de la vida en Zambia, del futuro… El sol deslumbra ya y allí están los niños. Ese interés mutuo de disfrutarnos, de descubrirnos, de respetarnos hace que las horas transcurran veloces entre danzas, pinturas y gestos cómplices…

13:00  De vuelta a la comunidad, compartimos nuestra mañana entre los alimentos que con tanto cariño ha preparado Katherine. El festival de color está en los platos, entre vegetales y salsas, y en las conversaciones, siempre sazonadas con un toque de buen humor.

15:00  Nos acercamos al Skills Centre. Allí nos están esperando los profesores de la escuela primaria de Twayuka. Se iluminan las pantallas de la sala de ordenadores. En ellas se proyectan las ilusiones de quien trabaja por un futuro mejor.

18:00  Salimos a dar un paseo. El cielo se tiñe de rojo y, como si de un espectáculo de sombras chinescas se tratase, se vislumbran en el horizontes flamboyanes y matorral. Nuestro día se va apagando poco a poco, despidiéndose el sol de ese modo tan especial que solo en África puede suceder.

21:30  Tras la cena, contemplamos atónitos el firmamento. Allí están Escorpio, Orión y la Cruz del Sur escoltadas por miríadas de constelaciones para darnos las buenas noches. Jamás había imaginado un cielo tan iluminado, tan lleno de estrellas.

Ya en la cama, no puedo dejar de pensar en el misterio de esa luz que me transforma cada día desde que llegué aquí y en todos sus culpables. Y siempre llego a la misma conclusión: tan solo soy uno más, una nueva víctima del amor.

Borja Bobillo Añel, voluntario de SED en Zambia

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