Profetas de nuestro tiempo

Paro. Me detengo. Abro los ojos y estoy en un lugar donde el Evangelio se hace literal para decirme que no hace falta llevarse bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero para encontrarme con mi hermano, porque cuando estoy en un lugar donde se respira a Dios desde que me levanto hasta que me acuesto no me hace falta nada más para ser auténtica, para ser feliz. Cuando vives continuamente en esa presencia de Dios, llegas a contemplarlo en todo lo que te rodea, desde la inmensidad de la naturaleza, los abrazos de los niños, la ternura de los Hermanos, las conversaciones con las familias y hasta en el silencio.
La Fe es un don, pero la disposición a la Fe es personal. Es esa disposición la que nos abre el corazón para encontrarnos con Dios en los pobres, desde la sencillez y la humildad, quitando los aires de prepotencia y propiciando una relación de horizontalidad. Porque os aseguro que ellos tienen mucho más que enseñarnos de lo que nosotros podemos llegar a aportar.

Ir a Bolivia me libera en muchos aspectos de mi vida. Me libera del ruido, de los horarios, de las comodidades superfluas.
Me libera de la corteza del egoísmo que nos encierra en nuestro yo.

Me libera de la gran lacra de nuestro llamado “primer mundo” que nos pervierte hacia un silencio estéril: la indiferencia.

Me libera de la rutina y me doy cuenta de que ésta no es hacer las mismas cosas todos los días sino perder el sentido a lo que se hace.

Vengo de un mundo donde el “hacer” se interpone al “estar”. Donde el “tener” adquiere más valor que el “ser”. Donde “pararse” es perder el tiempo.

Y aterrizo en un lugar donde el “estar” le da sentido a todo lo que hacemos. El “hacer” no adquiere un significado sin un proyecto de vida que lo guíe. Sin que Jesús sea el centro y lo que nos mueve a actuar. Si no, se queda en algo vacío, en un acumular experiencias que no transforman. Porque el voluntariado no se puede entender sin un estilo de vida.
En las comunidades me despierto por la mañana y lo primero que veo es un cartel en el que se lee “Bienvenidos”. Nos bajamos del micro y vemos correr hacia nosotros una docena de niños dispuestos a abrazarnos y darnos la más calurosa de las acogidas. Cada día me encuentro con las caritas más bonitas que he conocido, estos pequeños apenas llegan a rodearme con sus bracitos recordándome qué es lo esencial: las personas. Me encuentro con familias que nos abren las puertas de sus casas, de su corazón, de su historia y de sus proyectos.
Siento un agradecimiento que es inabarcable, que es imposible representarlo en 8 personas que somos la cara visible de un proyecto que tiene detrás mucho trabajo en segundo plano. A veces pensaba que no merezco tanto amor recibido. Pero entiendo que el amor no se merece, sólo se da. Así es como Dios nos ama, nos abraza cuando menos te lo esperas, y va calando hasta desbordarnos, va transformándonos poco a poco, casi sin darnos cuenta.

Por eso, os animo a ser “profetas de nuestro tiempo”. Personas comprometidas con su pueblo donde la vivencia espiritual va ligada al servicio. Este compromiso con la sociedad los lleva a luchar por cambiar todo aquello que denuncia, aquello que es incoherente con el mensaje de Dios.
Como nos anima el Papa Francisco: “Hay que animarse a cambiar el sofá por un par de zapatos que te ayuden a caminar por caminos nunca soñados y menos pensados que abran nuevos horizontes”.

Fátima Peral Dorado, voluntaria de SED en Roboré, Bolivia

 

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