“África te cambia para siempre. Una vez que has estado, no volverás a ser la misma”

Llevo dos semanas intentando escribir algo sobre mi experiencia en Ghana durante este verano. Más de seis meses preparando la marcha, el Campo de Trabajo, preparándome mental, física, (con un montón de vacunas) y espiritualmente (poniendo en manos de Dios toda la misión, en su nombre iba y Él me esperaba allí).

Llegó el día 29 de junio, el momento de partir a hacer realidad un sueño que me había perseguido durante años. Nueve éramos los voluntarios que SED había confiado la tarea de formar a los claustros de profesores de dos colegios maristas en Kumasi (Ghana). Íbamos cargados con 400 kg de material escolar, pero, os puedo asegurar que mayor era nuestra ilusión, expectación, incertidumbre y deseos de llegar.
Quiero resaltar la acogida de las dos comunidades maristas donde nos hospedamos: Sabin y Buckrom: Compartíamos con ellos la fuerza y la vida del carisma, aunque nos comunicábamos en otro idioma, pero la profundidad, la intensidad y la pasión por la educación de niños y jóvenes , no dependía de razas, color ni la geografía donde nos encontrábamos. Compartíamos además la mesa, la fe, la Eucaristía dominical, la tro-tro y hasta los partidos de fútbol de mundial con ellos. Nos hicieron sentir en todo momento en casa.

Nos recibieron en cada colegio, con miles de sonrisas, miradas transparentes llenas de esperanza, aplausos sinceros, con una sencilla oración poniendo en las manos del PADRE/MADRE DIOS todo lo que íbamos a emprender en esos días, así como con la banda de música del cole y cantando el himno nacional. Toda una bienvenida entrañable y cálida, reflejo de lo que el pueblo ghanés es.

Nuestra labor en los colegios era compartir con los profesores nuevos métodos y técnicas, para que los alumnos pudieran aprender más y mejor. Para ello le enseñamos a aplicar en clase el trabajo cooperativo con sus diferentes técnicas y dinámicas, así como el ABP (aprendizaje por medio de resolución de problemas). Primero se formaba a los profesores y luego apoyábamos en cada clase para que ellos mismos lo pudieran llevar a cabo. Puedo asegurar que de esta experiencia todos hemos aprendido: Los profesores con sus buenas disposiciones y su gran interés por saber, han podido descubrir que existen otras metodologías que dan muy buen resultado, modificando la distribución de las mesas en el aula y formando grupos cooperativos, así como preparar sus clases con métodos sencillos utilizando los recursos que tienen a su alcance.

Los niños se han divertido aprendiendo y han aprendido divirtiéndose, ayudándose unos a otros. Han diseñado, creado proyectos nuevos, reciclado y sobre todo han aprendido a sacar esa creatividad innata que tienen sin límites y hasta el infinito, en el ámbito escolar.
Y nosotros, sin duda, somos los que más lecciones de vida hemos adquirido, como:
• Descubrir en la sencillez de las personas la grandeza de alma.

• Salvar las dificultades de cada día y vivir al máximo sin grandes pretensiones.

• Reutilizar todo lo que tenemos sin necesidad de consumir más.

• Sonreírle a la vida cada mañana, a pesar de las dificultades.

• Al esfuerzo contante por querer aprender y promocionarse para ayudar a otros.

• Confiar que “With God all is posible”.

• A vivir el día a día recibiendo con paz y alegría todo lo que nos pueda venir de inesperado.

Cada mañana cuando llegábamos al colegio, nos envolvían cientos de miradas profundas, que luego corrían hacia nosotros y se traducían en sonrisas llenas de vida, autenticidad, inocencia, felicidad, fuerza, choques de manos, toques de caritas, queriendo jugar, bailar, saltar con nosotros. Era cada día una bienvenida llena de fiesta, de alegría y de vida. ¡Qué gozada!. Llevo 22 años en el mundo educativo y puedo asegurar que jamás he gozado y disfrutado tanto como estas semanas en los colegios de Kumasi.
Participamos en el colegio de Buckrom de la fiesta de la graduación: todo un espectáculo de desfiles, discursos, bailes, puestas de largo, birretes y diplomas El campo de fútbol se convirtió en enormes carpas para albergar a las autoridades del lugar, los padres y los alumnos. Compartimos y disfrutamos también con lo hermanos y alumn@s ese momento mágico lleno de color, de alegría al son de unos tambores africanos.

Llegó la parte más dura y difícil del campo del trabajo: EL PROYECTO de NIÑAS DE LA CALLE que lo tutela las Hijas de la Caridad. Miles de niñas entre 7 a 17 años trabajando más de 12 horas en el mercado central de la ciudad, transportando mercancías en un barreño de latón que lleva en sus cabezas, durmiendo donde pueden, comiendo cuando tienen, sin nadie que las proteja, lejos de sus familias, de sus pueblos o ciudades. Rostros anónimos, sin identidad propia, que no cuentan para nadie. Seres invisibles, con miradas duras y dolientes, con manos fuertes curtidas por el trabajo y quien sabe por qué más…

Al fin y al cabo son niñas que se le ha robado su infancia y niñez, niñas que no han tenido la posibilidad de saber leer y escribir, que asisten cada día a la escuela de la supervivencia y de la explotación del trabajo infantil, expuestas a todo y a más.

Con los asistentes sociales y los voluntarios del proyecto, cada mañana recorríamos loslugares más recónditos del mercado, donde sabían que descansaban las niñas y las buscábamos, como lo más preciado que podríamos encontrar en ese lugar. Hablábamos con ellas y las invitábamos a venir al proyecto, situado en el mismo mercado. A principio venían 4, al día siguiente, 8, luego 20… llegué a contar un día 63 niñas. ¡Qué alegría! Llegaban y lo primero que hacían era tumbarse en el suelo para dormir y descansar seguras, más tarde los trabajadores del proyecto le daba una pequeña charla sobre aspectos vitales para ellas y más tarde a jugar: saltábamos a la comba, le pintábamos las uñas, pintábamos, hacíamos puzzles, pulseras, collares, bailábamos (que tienen un arte único para moverse).Por unas horas, dejaban atrás su vida cruel y dura en el mercado y se le devolvía su esencia de ser niñas, ¡cómo se reían ante cualquier gesto sencillo que le hacíamos!.

Aquellas niñas que querían dejar la calle y aprender un oficio, las hermanas le ofrecen 2 años de formación en otro centro, donde aprenden peluquería o costura. Una vez terminado ese tiempo, las hermanas le regalan una máquina de coser, unas telas y unos hilos para que ellas puedan desenvolverse en la sociedad sin tener que volver a las antiguas andanzas.

Siempre llevaré grabada en mi retina y en mi corazón una imagen de los últimos días, cuando se

cerraban las puertas del proyecto, cada niña salía del centro, se ponía sus chanclas, cogía su utensilio de trabajo( su barreño de latón) se lo colocaba en la cabeza, nos daba a cada voluntario la mano y nos acompañaban a la tro-tro, super contentas, pero nosotros más contentos y orgullosos de ellas; así atravesábamos el mercado de su mano. ¡Qué honor para nosotros!.

El último día fue difícil y a su vez entrañable: cuando tuvimos que despedirnos de las niñas: ellas besándonos y abrazándose a nosotros y nosotros igual… Pensaba, ¿Quién habrá abrazado alguna vez a estas niñas?. ¿Quién las habrá besado y abrazado con tanta ternura, respeto y amor, como lo hacíamos nosotros, cuando allí no existe la cultura del abrazo ni del beso? ¡Cuánto amor hemos recibido en tan poco tiempo de cada una de ellas! Nunca serán conscientes del bien tan inmenso que nos han hecho. Sólo puedo terminar como empecé: África te cambia para siempre. Una vez que has estado allí, nunca volverás a ser la misma.
“Cuando tus pies se manchan de la tierra roja de África,
ya no hay forma de quitarla”.

Yolanda Lozano
Profesora Marista Málaga
Voluntaria de SED en Ghana

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