Aprender, jugar y aprender a jugar

Hace unos días escuché a un alumno de octavo curso decirle a su hermano más pequeño, también alumno del colegio donde estoy realizando mi voluntariado, que a la escuela uno no viene a jugar. A la escuela uno viene para aprender.

Desde mi punto de vista, ninguno de los dos se equivoca. A la escuela uno debe ir para aprender y para jugar. Y en el caso del Centro Educacional Marista Lucia Mayvorne los alumnos también vienen a aprender a jugar.

Son muchas las cosas que aprendí durante los dos meses que ya han pasado desde que estoy aquí, pero una de las que más me impactó es que hay niños que no saben jugar, y por lo tanto, necesitan que se les enseñe.

Nuestra escuela está ubicada en la comunidad del Monte Serrat, en la isla de Florianópolis, al sur de Brasil. Actualmente es un barrio con luz, agua, internet, transporte público y la mayoría de los recursos básicos. Sin embargo, para lograr todo eso, la comunidad ha tenido que luchar mucho, y ha tenido que sufrir mucho también. A día de hoy sigue habiendo una fuerte presencia del alcoholismo, de la violencia, del trabajo infantil, de la pobreza y del trafico de drogas.

Todas estas circunstancias afectan a nuestros alumnos, los cuales presencian, con bastante frecuencia, situaciones que un niño no debería de presenciar y que provocan que muchos de ellos hayan perdido la habilidad de jugar como lo que son, niños. Para hacer frente a esta situación el colegio creó una nueva figura, fundamental en nuestra escuela, que son los llamados educadores de territorio.

El educador de territorio es quien se encarga de enseñar a los niños a jugar. En nuestro colegio tenemos la presencia de cuatro educadores de territorio, dos hombres y dos mujeres. Su trabajo es el más valorado de la escuela, pues sin ellos no sería posible lograr nuestro objetivo principal, que es garantizar el cumplimiento de los derechos de los niños.

Son ellos quienes preparan juegos en los recreos, son quienes resuelven y median los conflictos que puedan surgir dentro del colegio, son quienes curan heridas y secan lagrimas, transmiten valores positivos y son también la figura que los alumnos más respetan, por su facilidad para empatizar con ellos. En definitiva, son quienes se ponen a la altura de los niños para enseñarles a ser niños. Y esto lo consiguen gracias a la conexión que establecen entre los docentes, los educandos, el personal de administración y los responsables por la gestión del centro.

Hablando con la representante de los educadores de territorio, me cuenta que para ella, la importancia de su trabajo está en tres pilares fundamentales: política, juego y mediación de conflicto. Ahora mi sueño es llegar a ser una maestra que no olvide estas tres bases, pues engloban todo lo que es fundamental para la inteligencia inter e intrapersonal de un niño. Esta es solo una primera reflexión sobre lo que aun me falta por aprender. Pero tengo tiempo. Aún me faltan nueve meses más, y pienso aprovecharlos al máximo.

Fátima Almeida, voluntaria de larga duración de SED en Brasil.

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